
La guarrería de mi calle.
Panfleto contra la masa y el colesterol.
Una de las paradojas de nuestro tiempo es que se hacen esfuerzos para que la acción de lo público crezca de manera natural pero previsible. Sentir y decir, pensar o hacer, tomar o no tomar el carril bici. Caminar repleto en el centro, o a las afueras. A esta actividad que se protege de la compañía de los demás la llamamos el paseo. Recorrido hacia un punto permanente, por armonía, por ganas de vivir o, tomado del pragmatismo del amarillento doctor Manuel Torreiglesias, para hacer entrar en razón a nuestro colesterol. Dicen que es saludable. Pero no nos advierten de la suerte de los individuos que se ven frustrados en sus paseos matutinos cuando, un día, un día cualquiera, los grandes movimientos históricos tropiezan con ellos; y hay que rodear la plaza, agarrarse a una farola, arrimarse contra el contenedor y abandonar la idea de comprar el periódico de hoy como ayer compramos el de ayer y el de todas las mañanas.
Es esa astucia camaleónica de la nueva trascendencia un fenómeno asociable al misticismo kennediano, corriente que pareciera intentar repetirse en nuestras ciudades, y que alcanza su cima entre quienes hoy teatralizan una parodia ciudadana representada a la manera de sencillas comedias de situación. Tomados en la distancia por simulacros de estampida ante la repulsión fingida delante mismo del habitual campo de festejo y adoración a la criatura. En resumen, una sitcon tras cuyas pancartas, coros, escobas, cacerolas, hornillos de gas y cajas de dinamita, el mal en realidad se dilata extendiéndose caóticamente como el magma de un volcán. Para demostrarlo, ahí están esa multitud de manifiestos que jamás han sido escritos de un modo científico, sino para instaurar la potencia corrupta y destructora (deficiente y privativa) que equilibre socarronamente el servomecanismo exterior a nuestra hornacina social desde el que dirigentes dirigidos llevan la marcha atrás de los acelerones económicos mundiales.
Como si la mano les fuera en ello, los desconocidos insomnes levantan sus cartones y de ese modo les vemos hacer justicia. Solo el puritano americano reconoce en los espamos de esta multitud española recibidos a través de su aparato de televisión digital la manifestación de un proceso corto, y bien conocido por él, de suspensión de la historia, un instante que la máquina de pedir viene a aprovechar para subirse las bragas y colocar en la parrilla de salida a otro Kennedy. Si acaso también a algún imitador remozado de Oswald Spengler capaz de sintonizar en horario de tertulia con este fin del mundo a través de algún canal de televisión. Programa infausto que muy bien podría interrumpirse en una telilla de interferencias oníricas si el proyecto de repetición llegase un día a finalizarse. Si es que Dios hablase en ese día a la nada desde la pantalla del televisor gigante de la Puerta del Sol, encontrando en cada manifestante a un Cristo. Y en el paseo venciese al mal como si este no dependiera de él, como cree nuestro amigo puritano.
Tendría que darme prisa antes de que el mundo vuelva a organizarse desde este nuevo centro. Vienen también con nosotros las palomitas, y son ya casi las doce. Dicen que va a pasar otro ángel (probablemente con algo de colesterol).
Y todo por un tebeo gratis. Lo que no haría por una cafetera ni por un cheque regalo de corticoles de El Corte Inglés, está hecho.
Se supone que lo de arriba viene a ser el panfleto que enviaré al concurso. Y en nada deviene, sencillo como es el concurso: la gente de Dibbuks nos pide una especie de artículo panfletario -igual que si cobrásemos de alguna de las carteras periodísticas de la piel de tordo, nuestro país del pañal; más claro, España, es decir, El País, El Mundo, y, con el mundo, La Razón, y La Voz, en Galicia, El Correo, en Lugo, y ese diario tan chulo que regalaba baberos y biberones The Espermatozones War Journal-, uno conservador y otro progresista, alineándose a dos cabeceras históricamente ficticias de la prensa mundial (no más de cuatrocientas palabras) [link]--> Imakinarium
No tengo claro lo de progresitas y lo de conservador. Se debe a que estoy medio asilvestrado, que soy un poco monstruo, o un mucho, no aprendí de pequeñín a distinguir por la luz de las antorchas a los unos de los otros. Ambos pueblos son esteparios. ¡Y mira que sabía que en mitad de la noche hay que huir de los viejos molinos!, pero son siempre tan acojedores... Y a uno que es de natural sensible, y no se come ninguna rata, pues le gusta ver el interior de la cosas. Para que luego me llamen asesino. ¿Cómo voy a conocer a nadie si no puedo ver por dentro?
¡Os animo febrilmente a no participar!, malditos seáis. Toda competencia resulta en sí misma moralmente reprobable (San Anacletides 6, 25-1, Carta de Madonna a los infernarios 13, 7), al fin y al cabo, todos somos iguales. Y no quiero ver a nadie más alto ni más guapo. Si resulta que soy el único participante no habrá competencia, San Benito Rebobín que nos mantiene y tiene contentos se mostrará agradado con todos nosotros, y bendecirá la blogósfera de la cosa del tebeo. Dos álbums están en juego, Yes, We can! y La ladrona de cementerios, y cuantos menos participen... ¡¿Pero que hacéis?! ¡Desgraciados! ¡Inanes! ¡Consentidos becerros del oro! ¡¿Traición a nosotros!? Romanos, a las armas.
Ahora voy a hacer uno progresista y escojo entre los dos. Creo que el panfleto progresista me va a salir mejor, siempre me lo decía el ingenuo santurrón del señor Leedbeater "Habla de las experiencias del otro mundo y sigue la luz. ¡La luuuz!, sigue la luz Ismael". Un momento... No sé si lo decía Leedbeater o era la señorita Annie Besant. O la Blavatsky. Pero... Creo que ahora lo recuerdo mejor, ¡esa enana deforme no era la profesora Blavatsky sino la fantasmóloga aquella de Polstegeist! Entonces, ¿qué hago en camisón hablando con la niebla del televisor?
Otra vez olvidé enchufar el cable de la antena; menos mal que no he intentado meterme una cinta de VHS por el ombligo como la noche de miedo pasado. Ese vecinito con sus modales y su vino me tiene malo. Y el tío con el que vive a ver si se ducha alguna mañana. Mejor lo dejo, cojo un comicbook del Gene Colan y el Marv Wolfman y salgo a la feria. A ver la mochila, pistolas de agua, ajos, crucifijo, solo me falta acabar de hacerme la permanente.
Ante la gruta de la modernidad. Sobre la falsa necesidad de un Congreso de los diputados en un nuevo espacio imperfecto e incompleto.En muchas ciudades de Polonia se mantuvo hasta hace pocas décadas la curiosa tradición de vestir a un hombre con ropas nuevas para que pasease por las calles y al que las gentes invitaban a entrar en sus casas, ante la mesa del comedor preparada para la comida donde le decían ¡Dios, danos trigo! ¡Dios, danos ganado!, a lo que el el hombre contestaba, ¡Os lo daré!
Resulta significativo comprobar como antiguas tradiciones pueden invertir su sentido, al plantear este problema estoy ya aludiendo tanto a la falta de vitalidad de nuestras instituciones como a la máscara de lo visible acampada en las plazas y calles de nuestro país. El mal que parecía instalado para siempre en las cumbres del estado atrinchera a nuestros muchachos donde una sola cosa puede hacerse, gritar; luego, enseguida, políticos asamblearios (políticos de cafetería diez en punto de la mañana) se emocionan o se indignan según les venga en el juego a ellos. Porque es bueno pero no es ese el lugar para gritar así o porque siendo malo ni es un lugar para gritar. Sea lo que sea, los únicos que tienen derecho al grito parecen ellos. Y el único mensaje aceptable parece ser el de la sponsorización deportiva.
No sería mala la idea, me contaba un mal amigo, patrocinar cada pancarta, cada lema, utilizar incluso las consignas más espontáneas de toda manifestación ciudana en las pausas de una sesión del congreso. Se podrían además sustituir los habituales alborotos e insultos ante el mitin del contrario, si alguien cree haber visto alguna intervención que no lo sea en los últimos años es que sintonizaba otro país, otro congreso, otro senado, por rachas de caceroladas. O directamente cambiar el estrado por una pasarela en la que desfilen los diputados con su pancarta y su cartón. No el de vino que alguno viene guardando desde 1975 debajo de su escaño, sino uno como los de la calle. Porque de eso se trata, de llevar la política a la calle. Remodelar edificios, quemar, sobre todo quemar, cuadros de guerra, alfombras, mobiliario, y derribar algunas estatuas. Todavía quedan demasiadas estatuas plantadas en nuestro país.
Esto podría realizarse transformando ritualmente un edificio como el Congreso de los diputados, por ejemplo, lo cual transformaría a su vez también las pautas de comportamiento de políticos y ciudadanos.
Nuestro proyecto pretendería cambiar leones por toboganes de forma que en aquel espacio público para el recreo infantil donde encontramos al tobogán mañana veamos la estatua de un león, y donde se encuentre un león petrificado veamos próximamente el tobogán. Serán los mismos habitantes y usuarios de estos espacios los que cobren conciencia gradualmente del nuevo diagrama metropolitano. De su propia potencia y la importancia personal de cada una de sus pequeñas decisiones. Se demostraría así que acciones arquitectónicamente tan aparentemente irrelevantes pueden conseguir que viejas costumbres como tirar un papel al suelo o golpear papeleras se antojen imposibles cuando cubramos paradas de autobús y aceras, con los tapices, las alfombras del Palacio Real de Madrid, con los cuadros del Museo del Prado, o las mismas papeleras sean tinajas etruscas. De igual manera, la imagen simbólica del tobogán a la entrada del Congreso en el nuevo modelo conceptual al que nos referimos derivará en nuevos modos de hacer política.
Si como creemos, y tenemos razones para creerlo así, pues hemos demostrado en múltiples ocasiones que por el simple hecho de vaciar una vieja iglesia abandonada de todo símbolo religioso esta se llena con una sacralidad mucho mayor. Una auténtica sacralidad cósmica de modernos y más sagrados danzantes que unos simples franciscanos. La introducción hoy de nuestro nuevo trazado simbólico de los límites de una no-muralla romana hace posible imaginar que un Congreso con adoquines y farolas, incluso regalado con un cierto olor a humanidad y meados de perro, funcionase mejor y resultase más útil para los íntereses de todos. Un espacio psicológico de carácter extraeconómico que liberase a la humanidad de temores reiteradamente infundados generados por el mito de la expansión y el crecimiento continuados. Para qué querría entonces ningún diputado ser alguien cuando podría entrar a la calle y actuar como nadie. O, aún mejor, para qué necesitaría ninguna ciudad, ningún país, héroes políticos que la refundasen cada cuatro años si mutado en un actuante nuestro político dejaría de comportarse precisamente como el actor en que ha devenido al sustituir gastados oficios hace tiempo olvidados como el de héroe fundador, abandonando la idea de aplicar el estado de peste ante manifestaciones como las que ocupan los lugares públicos actualmente. Que, con uno u otro nombre, no renuncian a un futuro distinto, más imperfectamente controlado. Un futuro, por cierto, nada privado. Quizás sin héroes, cuando menos no como los de ahora, o los de antes.
Pues bueno, creo que enviaré este segundo. El progresista. Que creo ha salido en él algo parecido a un panfleto, el primero tira a columna de opinión. Cosas de no saber el qué ni al quién. Y del cómo y lo demás que se ocupe un funcionário.
1 comentarios:
Vale, se puede mandar uno de cada,uno progre y otro conser -si es que me parece una pijada el distingo del dingo este-. Voy a enviar los dos, porque parece que los dos tebeos que ofertan como premios se ganan según la mano que se enseña.
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